domingo 9 de diciembre de 2007

Una larga espera

Toco tus labios en la oscuridad.

Percibo el silencio llegar,

un silencio cristalino,

estimulante y redondo.

Nada abre el pecho como tus pasos rompiendo el tiempo,

abrazando el aire que respiro,

el mismo aire que tu boca atrapa con ardor.

Todo el cielo abierto para tu regreso,

un regreso herido y goteante,

tras lo siglos de eterna espera.

Siempre busco ese sigilo, ése con el que brota el suspiro.

Un suspiro que exhala el rojo de tus besos.

Aquéllos a los que instante tras instante

escucho llegar en medio del vacío.




jueves 6 de diciembre de 2007

Estar vivo o no estar

Hoy he decidido hablarme claro, en voz alta. Me he dicho para mí que no debo engañarme con pensamientos supeficiales, así que seré honesto y rumiaré razonamientos profundos. Me entusiasma progresar en la vida, pero me encanta que también lo hagan los demás. Me interesa que la vida cambie, que haya situaciones emocionantes que permitan frotar la creatividad para invertar grandes o pequeñas soluciones que mejoren las vidas de otras personas.

Me entusiasma soñar, soñar por ejemplo que todos somos amables con los demás y serios contra los abusos de unos pocos hacia otros muchos. Pero lo que realmente me congratula conmigo mismo es mirarme al espejo cada noche y ver la sonrisa del que está en frente, presentirle una paz interior que se sale del vidrio, captar esa tranaquilidad que le deja a uno dormir como un lirón.

Y tú, mi querido lector, qué ideas tienes claras, además de saber que tras un sueño reconfortante, si te despiertas , es que estás vivo.

domingo 2 de diciembre de 2007

El hombre analógico es ya de otra Era

Un día estupendo para una barbacoa. Al calor del carbón, ya a la caída de la tarde, la conversación es agradable. Un profesor de secundaria me confiesa que escribe poemas y le gustaría disponer de una web para publicarlos, pero objeta que tiene miedo a que se los sustraígan.

Sin irme por las ramas, le aseguro que conozco ese miedo y que es típico del hombre analógico. Le explico que los tiempos cambian y que la era del hombre digital está dejando atrás al del analógico como el hombre del Renacimiento empujó al del Medievo.

El profesor mostró su pasión por el documento impreso, un aspecto romántico del papel. Afirmó con rotundidad que nada es comparable a un poema en formato papel. Rechazó de plano el soporte digital por temor a perder los derecchos de autor sobre sus poemas.

Nuevamente, sin andarme con rodeos, le recordé que desde la Era de la Imprenta en el siglo XV no ha habido una revolución de la magnitud de la Era Digital. Es un nuevo tiempo, donde los escritores, artistas y creadores usan internet como un medio de publicación de obras y de fantástica creación.

La época de internet todavía es un tiempo de libertad en el que todos los ciudadanos pueden comunicarse con el mundo y mostrar al planeta qué son capaces de crear, de una manera abierta, a la luz de los hombres ilustrados. Sin miedo a la oscuridad que supone los poderes establecidos del "copyright".

El avezado poeta me confesó que le habían publicado una obra y que al final le había costado el dinero. Me volvió a preguntar, con cálidas palabras salidas del rojo del carbón ardiendo, qué podría hacer para ser un hombre digital.

Directamenete, le dije que primero, dejar de pensar como un hombre analágico, no tener miedo a compartir, darte a conocer al mundo y que el mundo tenga la posibilidad de leer tu obra a través de puclicarla en internet bajo una licencia libre Copyleft que también protege las obras de arte, pero de manera abierta. La animada conversacion cayó con la muerte del rojo del carbón, al apretar un llave de luz en plena oscuridad. Fue un hastaluego de transición, detecté que el poeta analógico había comenzado el proceso de cambio que lleva de un mundo cerrado a un amanecer de vida.

Ahora en el calor del hogar, mientras escribo este texto imagino al profesor/poeta llegando a casa. Abriendo el cajón de la mesilla de noche con sus frías manos, donde guarda sus manuscritos de poesía, acariciándolos primero y abrazándolos después. Pensando, como un hombre analógico, que sus tesoros más preciados seguirán guardados en ese cajón.

Aunque sin saberlo, quizás en la próxima primavera, broten en el poeta las yemas del fruto digital sembradas al calor del carbón en otoño, agrietando así el cajón para mostrar su interior al mundo.